A menos de una hora andando de Rodalquilar, a los pies de la Torre de los Lobos, y siguiendo un camino que alguna vez debió ser transitable en coche pero ya no, asoma una cala. Lo primero que se ve de ella es la palmera solitaria que la preside y que va aumentando de tamaño conforme una se acerca. La palmera, el mar… de entrada se diría que estamos en el Caribe. Pero no. Nada más lejos de la realidad. Porque esta cala, la Cala del Carnaje, no es de arenas blancas sino de grises piedras grandes como puños, como muñones, como cabezas. Y andar por ella no es fácil, hay que mirar al suelo, medir bien dónde se ponen los pies y asegurar el peso en cada paso ya que las piedras son traicioneras y a menudo inestables.
La primera vez que vine aquí me impactó su aspecto, sobre todo porque es como el negativo de esa otra cala, El Playazo, que queda ligeramente al norte de esta. Donde la una es arena la otra es piedra. Si la una es abierta, la otra está como encajonada. Y el blanco de la una se vuelve gris oscuro, casi negro, en la otra. Pero lo más impresionante de esta cala es su tranquilidad. Creo que, en todas las veces que he venido, en todos los amaneceres y atardeceres que he presenciado desde alguno de sus extremos, no me he encontrado, nunca, a nadie. Vale, sí, que vengo en invierno, en Navidad, cuando la gente está a otras cosas, pero aún así, tanta soledad, emociona.
Y atrapa.
El tiempo aquí parece detenerse entre un contemplar de piedras y restos ¿de naufragios? Al tiempo que el gris opaco y poroso de los «bolos» (las piedras) deviene a ratos grafito brillante por el mar que lame sus superficies redondeadas, la vista se va fijando en todo lo que, también el mar, parece haber ido arrojando sobre la playa: botellas de agua, paquetes de tabaco (alguno asomando todavía su contenido), zapatos, gorros, chaquetas… Una se pregunta, con un escalofrío, cuál será la historia de cada una de esas prendas y en cómo habrán llegado hasta aquí.
La extrañeza de sentir tan cerca vidas tan diversas, tan ajenas a lo propio. Saber que un ejército de marroquíes y sudafricanos sudan en los invernaderos cercanos al tiempo que en el pueblo encantador en el que me quedo se construyen casas a 400.000€ la más barata. Saber que mientras me lamento por mis pequeñas insatisfacciones estas playas reciben, cada año, pateras cargadas de inmigrantes. No todos vivos. Y saber que mientras veo, año a año, cómo el lugar se vuelve más exclusivo, con una exclusividad que se va quedando entre los muros de haciendas elegantemente decoradas y en restaurantes caros donde la gente casi ni se habla, el campo cuenta otras historias. La belleza y la pobreza. El desierto y la gentrificación. Las penas propias y los dramas ajenos. La injusticia.
Cuando por fin me animo a dar la espalda al mar y recorrer el camino a la inversa, no puedo evitar volver a fotografiar, como cada año, los olivos que flanquean el camino. Son pocos, espaciados, vencidos, desiguales, anémicos…, pero hermosos. Extrañamente armónicos y maravillosamente resilientes. Frágiles y a la vez poderosos. Su imagen, por lo que sea, se queda en mi retina más incluso que ese mar azul intenso y resplandeciente que lo rodea todo. Más que los senderos de los acantilados. Más que las caprichosas formas y colores de sus paredes.
Escapar en Navidad. Anteponer la pulsión propia a los requerimientos ajenos. Dejar que el consumismo florezca sin hacer nada por alimentarlo. No pensar en qué comer o en cómo decorar y mucho menos en qué ropa usar. Ni siquiera pensar en a dónde ir porque una ya ha creado un universo paralelo que solo existe estos días y que aguarda, año a año, a ser redescubierto.
Sé que Rodalquilar existe más allá de la Navidad, o eso dicen, pero yo no acabo de creérmelo. Porque para mí no son solo sus casas –las habitadas y las abandonadas–; ni es su montaña horadada; ni tampoco, o no solo, su cercanía al mar. Rodalquilar es, sobre todo, limpieza de ojos y oídos, y también de pensamiento. Es descansar la vista en días vagando por paisajes desérticos y noches en las que, sin apenas iluminación, solo quedan las estrellas. Y es descansar los oídos, que de repente descubren que el silencio no era una quimera, sino que es real, que se puede palpar. Que, siempre sorprendente, desconcierta y abruma y atrapa. Y encandila. Silencio de ausencia, en el que nada vibra; y silencio ruidoso en que todas las frecuencias se ponen de acuerdo para pelear las unas con las otras en un ruido que, dicen, es blanco. ¿No sería más bien un silencio gris? El ruido de las olas. Un estrépito que se vuelve magia en las playas pedregosas. En orillas que suenan a perlas, a canicas, a palos de lluvia. Olas que lamen el cerebro y remueven los pensamientos. Y estos, a fuerza de golpearse unos con otros, se descomponen, se desintegran, y terminan por desactivarse.
Esta nueva vuelta a Rodalquilar viene acompañada de la consciencia de que quizá me estoy volviendo irresponsable y de la certeza de que eso, quizá, no es, en absoluto, tan malo. Lo pensaba el otro día, el del solsticio, escuchando una conversación entre amigas. Una le contaba a la otra cómo, después de años de intentar terminar amigablemente con una relación y cansada de que eso se entendiera como puerta abierta al abuso, había bloqueado a su última pareja. La respuesta de la otra me impactó: tras decirle que el problema había sido siempre que ella, manteniendo el contacto, le había dado esperanzas, le aseguraba que, si esta vez se mantenía firme, él encontraría otra pareja enseguida y que no se preocupara, que estaría bien.
No sé si me impactó más la naturalidad perversa de los argumentos o el darme cuenta de que podrían haber sido, hace no tanto, los míos. Ese dar por sentado que lo importante es que él, no ella, estuviera bien; y ese asumir que la responsabilidad del acoso al que era sometida fuera suya y solo suya, y la del cortarlo, también. ¿En qué mundo desquiciado la responsabilidad emocional cae, solo y casi siempre, de un único lado? ¿En qué extraño mundo una se tiene que preocupar del bienestar de quien la acosa? ¿Qué modelo perverso de sociedad moldea en la culpa a una parte de sus individuos para permitir que el resto puedan vivir despreocupadamente su irresponsabilidad?
Como muchas, muchísimas mujeres, he sido educada en la responsabilidad extrema y he sido domada por el saber que la culpa siempre estará a mi lado. Haga lo que se haga. Nunca seremos lo suficientemente buenas, ni lo suficientemente educadas, ni lo suficientemente entregadas, ni guapas, ni delgadas, ni válidas, ni estudiosas, ni… En definitiva, ¿nunca seremos lo suficientemente importantes? Porqué al final es eso. Tan solo eso.
Este nuevo solsticio me ha traído las ganas de ser irresponsable y que no me pese. O mejor. Me ha traído las ganas de responsabilizarme de mi propia vida de una forma diferente, de mirar de frente lo que me queda de ella y aprender a construir, alimentar y valorar los proyectos propios. Irresponsable para todo aquello que no lo merece y para todos aquellos que aprietan y ahogan; para los mandatos de género, los familiares, los de las amistades que no lo son…
Pero responsable, sí, sin duda, de cuidarme, de mantener la ilusión, de seguir aprendiendo a poner límites y de no dejar de agradecer a la vida lo hermosa que esta puede llegar a ser.
Esta mañana, cuando he dejado mi preciosa habitación en Queiroso, muy cerca de la playa de Nemiña, Mari Carmen, la dueña, me ha dicho que para otra vez la llame directamente, que tiene unas habitaciones chiquititas en el ático perfectas para una persona sola, y que me va a salir por la mitad de precio. Sé que lo ha dicho con la mejor de las intenciones, y teniendo en cuenta lo caro que es viajar sola, se lo agradezco. Pero no puedo evitar que me fastidie el que se asuma que quienes viajamos solas no necesitamos apenas espacio, ni casi comodidades, ni por supuesto buenas vistas, ni…
Ría de Corme
Estos días en Galicia, desde que abandoné sobre la marcha la idea de hacer a pie O Camino dos Faros; y una vez hecho el cambio de ritmo físico y mental; y vencida la inercia de madrugar, recoger y salir temprano; y mentalizada de que no hay mucho que hacer más allá de llegar cada día a un destino que está insultantemente cerca (en coche) del anterior; he vuelto a ser dueña de mi tiempo y a disfrutar inmensamente de un plan que nunca, conscientemente, habría hecho.
Playa de Lobeiras
Sigo mi viaje. Parando en cada faro, en cada punto emblemático. Siguiendo las etapas predeterminadas por el viaje original a pie: de Ponteceso a Laxe, de ahí a Arou, y luego, sucesivamente, a Camariñas, a Muxía, a Nemiña y a Finisterre. De repente, estoy en un viaje de relax y todo lo que llevo va en una mochila. Todos los días me pongo la misma ropa y me dejo llevar. ¿Que ayer me gustó alguno de los lugares por los que pasé? Vuelvo. ¿Que he visto un lugar agradable donde tomar café? Me instalo un buen rato en él. ¿Que paso por delante de un restaurante con pintaza? Entro y pido mesa. ¿Que llego pronto al hotel y la habitación es agradable? Me quedo leyendo hasta que me harto. ¿Que no hace viento? Paseo de playa en playa por esta costa alucinante hasta que no puedo más o hasta que se me hace de noche.Y por el camino descubro la hermosa ría de Corme, el dolmen de Dombate, el pequeño pueblo de Camelle, la playa de Lobeiras, el Cementerio de los Ingleses (y sus espectaculares playas cercanas), la soledad salvaje del faro de Touriñán o la estrecha ría de Lires. Y no me canso de mirar a ese mar azul intenso y a las muchas formaciones rocosas que lo pueblan. Porque además, el tiempo es fabuloso: cielos despejados y veinte grados de máxima todos los días (la mitad justo de los cuarenta sevillanos que me esperan a la vuelta).
Barca en la playa de Lobeiras
Y me doy cuenta de que he normalizado tanto lo de ir sola que ya no me quita energía, y que ya no me siento extraña por ser, casi sistemáticamente, la única persona sola entre montones de parejas y familias. Casi ni me fijo en ello. Al contrario, disfruto de este improvisar constante que únicamente se puede hacer en soledad y ahora, cuando alguien me pregunta si voy sola, ganas me dan de contestar, ¿y tú no?
Faro Vilán
Pero a pesar de eso, soy consciente de lo estigmatizada que está la soledad. Se supone que hay soledad «elegida» y «no elegida», y el mero hecho de hacer esa diferencia no deja de ser una forma de mostrar que estar sola es anormal. Mientras que la soledad «no elegida» se perfila como el peor de los horizontes vitales posibles, la «elegida» se acepta hasta cierto punto, aunque se mira con recelo. No llegamos a creer que sea una opción tan satisfactoria como estar en familia o en pareja.
En el camino hacia el Cementerio de los Ingleses.
Pero ¿se puede elegir lo que no se conoce? ¿Se puede conocer lo que se evita? ¿Se puede no evitar lo que se muestra como negativo? ¿Alguien nos enseña a estar solas? En un mundo que dice reivindicar las diferencias; donde hay cada vez hay más gente que vive aislada; donde el individualismo campa a sus anchas; donde las redes (amistosas, amorosas o familiares) son cada vez más frágiles; y donde antes o después, queramos o no, tendremos que experimentar momentos de soledad; no deja de ser extraño el que nadie nos enseñe a conocernos, a querernos y a disfrutar de nuestra propia compañía.
Faro de Touriñán.
Porque, tal y como yo lo veo, no es una cuestión de elección, sino de normalización. Es verdad que a veces la soledad llega sin más, sin quererla, sin buscarla; y también que a veces es una elección en negativo, consecuencia de lo que no se quiere. Pero partiendo de la base de que casi nunca (como casi nada) es absoluta o permanente, lo interesante es cómo se viva. ¿Es una condena o simplemente algo diferente? ¿Hay que salir cuanto antes de ella o instalarse lo más cómodamente posible a ver qué nos puede aportar? En mi caso, me aporta la posibilidad de conocerme, de escucharme, de cuidarme, de enfrentarme a mis fantasmas y de multiplicar la intensidad de la experiencia del viajar. Un viaje que no es necesariamente mejor ni peor. Solo diferente.
Hórreos en Queiroso.
Volviendo a Mari Carmen, de Queiroso, y a cómo también decidió a mi llegada que no me compensaba cenar allí, me pregunto de dónde viene esa subestimación de las necesidades del viajero (la viajera) solitario. Dándole vueltas a ello pienso que, puesto que hay quien emprende este tipo de viaje con la única idea en la cabeza de conocer gente, para ellos, quizás, el dónde se duerma y el qué se coma sean lo de menos. He de reconocer que no es mi caso.
Cuando hace un mes, más o menos, me di cuenta de que este año la travesía pirenaica tampoco iba a ser posible, en mi búsqueda de alternativas menos exigentes me topé con esta ruta de nombre evocador que recorre 200 km de costa gallega, desde Malpica a Finisterre: O Camiño dos Faros. Pensé que tenía el verano salvado –o al menos, la «cuota» de andar del verano, salvada– y me imaginé una travesía idílica de diez días (dos más que el recorrido «oficial») en la que habría tiempo para todo. Reservé los alojamientos para asegurarme de no tener que improvisar demasiado y me olvidé.
Así que cuando llega el momento de empezar, apenas he pensado nada, ni me he descargado los tracks, ni consultado la información, ni casi que he vuelto a mirar los kilómetros de cada etapa. Solo he hecho la mochila con lo mínimo y me he plantado con el coche en Carballo con la idea de coger desde allí un bus a Malpica y, cuando acabe, volver, de nuevo en bus, desde Finisterre (Fisterra, que dicen por aquí y que me suena mucho mejor y más poético).
La primera etapa la he concebido como un «paseo» de unos diez kilómetros que me lleve desde Malpica a la Praia do Barizo, el primer sitio con alojamiento posible. La segunda, desde allí a Corme, tierra de percebes (aunque todavía no lo sé), unos veinte kilómetros. Y la tercera, de Corme a Ponteceso, en la desembocadura del río Anllóns. Otros diez kilómetros (más o menos). Las demás, en principio y casi hasta el final, serán tal y como se plantea en la web oficial del camino (de este camino).
Lo primero que descubro es que aquí, en Galicia, o al menos en esta parte de Galicia, los horarios de los autobuses son aproximados y que hay que preguntar si se quiere información. Toca esperar más de la cuenta, pero aun así llego a Malpica sin problemas y me pongo a andar a las doce de la mañana. Y voy despacio. Y disfruto. Y el paisaje es espectacular. Y me enamoro de las Sisargas, esas islas cuya visión me acompaña casi todo el día y que albergan el primero de los faros de la ruta. Y aun así llego cansada, sucia, sudada y desanimada a mi destino, Casa da Vasca, un alojamiento rural frente al mar y rodeado de casi nada. La mochila, los pies, el viento, las cinco horas que he tardado en llegar hasta aquí, los nueve días por delante… Decido descansar y no pensarlo.
Por la mañana el desánimo sigue, y a él contribuye el que mi hostelero me dice que lo que viene es muy duro y que el camino es irregular y difícil (aunque no me concreta demasiado el porqué). De hecho, parece más interesado en darme alternativas (atajos, teléfonos de taxis) que en animarme a seguir. ¿Tan mal me ve? Y sin embargo, cuando empiezo a andar, veo que no es para tanto. Ni mucho menos. Es verdad que el camino es irregular. Y que es estrecho (a veces mucho). Y que es un continuo subir y bajar. Y que no deja de ser exigente. Pero a mí, al menos durante los primeros quince kilómetros, me parece entretenido (además de bellísimo). De nuevo esas playas blanquísimas y solitarias; esas rocas; esas laderas inundadas de helechos; ese olor de los eucaliptos (que sí, que son terriblemente invasivos y omnipresentes por aquí pero que no dejan de ser bellos y olorosos); ese sentir que se camina de faro en faro, de fin del mundo en fin del mundo…
Faro de Nariga
Después del faro de Nariga y la playa de Niñóns, cuando, según mi informante matutino, he pasado lo peor, paro para comer y sestear en una de las última de las playas del recorrido de hoy (lo de bañarse, como que no). Según mis cálculos, me quedan unos cinco kilómetros, unas dos horas, a mi destino. Pero me equivoco, y cuando llego a la aldea de O Roncudo, ahora sí a cinco kilómetros del final, han pasado ya tres horas de nuevas subidas y bajadas por camino irregular y estrecho. Y aunque a estas alturas ya he comprobado, una vez más, lo rápido que una se acostumbra al peso de la mochila, empiezo a estar hasta las narices (hasta las narigas) de helechos, de viento, de rocas, de subir para después bajar, para después volver a subir para…, para nunca ver el fin. Así que cuando llego a O Roncudo decido bajar derecha a Corme por la carretera, aunque me pierda el siguiente faro. Ya lo veré esta noche, o mañana, o… Empiezo a tener claro que no me apetece pasarme los próximos ocho días andando.
Y para colmo de males, el alojamiento de esta noche escala al Top 3 de los peores alojamientos de mi vida. No puedo decir que esté sucio, ni que la pareja que lo lleva no sea amabilísima y respetuosa (una gallega encantadora y un negro impresionante –léase afrodescendiente, persona racializada o lo que cada quien crea que es mejor para que no se entienda despectivo–). Pero no me esperaba una casa como de enanitos, que la habitación fuera un zulo donde apenas cabe la cama, que la única ventana diera a otra habitación, y que la decoración consistiera en una mini cómoda de plástico de colorines y grandes telas en las paredes que recrean castillos y paisajes Disney. ¿El baño? Compartido. Un viaje al pasado, a los años 70. Menos mal que la oferta cervecera y gastronómica del pueblo compensan, en gran parte, la incomodidad.
Para cuando me levanto (pronto, muy pronto, con ganas de abandonar cuanto antes la casa) ya he decidido cambiar el plan de estas vacaciones gallegas. Andaré un día más, hasta Ponteceso, y luego recuperaré el coche para seguir cumpliendo el resto de las etapas con él. No hay muchas más posibilidades ya que los alojamientos están, casi todos, pagados. ¿Razones que me doy para justificarme por el cambio? Muchas. Que caminar ya no es como hace años, cuando el cuerpo no molestaba hiciera lo que hiciera con él; que si hago el camino completo no voy a hacer sino andar durante todo el resto de mis vacaciones (¡¿soy yo la que digo esto?!); que también me apetece leer, escribir, no hacer nada…; que no acabo de ver en esta travesía ni la mitad de los alicientes que tiene la transpirenaica (por muy bella que sea, me resulta más monótona; y el ver carreteras cercanas a menudo, por muy salvaje que pueda ser el paisaje, le quita parte de la esencia de lo que a mí me hace disfrutar en las rutas a pie); que si…
Faro de Roncudo.
Una vez asumido el cambio, el tercer día andando, este sí, se convierte en un paseo. Un paseo agradable por playas y dunas en un recorrido fluvial precioso hasta Ponteceso, donde llego justo a tiempo para coger el bus a Carballo (que esta vez pasa no después sino antes de la hora prevista) y recuperar el coche. No puedo evitar sentirme rara, casi un poquito culpable. Pero al mismo tiempo sé que una tiene derecho a cambiar de opinión y a no flagelarse por ello. Y que no hay nada que justificar. Y me doy la oportunidad de dejarme llevar por esta costa increíble durante los próximos siete días.
Tras la subida al ibón de Plan, el más turístico, la segunda de mis caminatas en el valle de Chistau este año es a otro ibón, el de Sen, mucho menos transitado, mucho más agreste y mucho menos amable pero…, partiendo de que mi amor a las piedras es grande, inmenso…, mucho más especial. Son unos ocho kilómetros y unos 1300 m de desnivel de ida y otros tantos de vuelta aunque se puede acortar tanto en distancia como en desnivel haciendo parte por pista. No digo que no lo piense, pero al final decido hacer la ruta completa y solo usar el coche para llegar al comienzo de la misma, a Puen Pecadó, el primero de los puentes que cruzan, río arriba, desde San Juan de Plan, el Cinqueta, y que está a unos dos kilómetros de mi alojamiento.
Desde allí salen dos caminos. Uno, el que va al ibón de Sen. Otro, el que corre paralelo al río hasta Viadós, un precioso valle a los pies del Posets, y que seguí parcialmente hace un par de días aunque reconozco que me aburrió. A pesar de su cercanía al río, este casi no se ve. Y me hacía ilusión, porque el Cinqueta (como se llama el afluente del Cinca que surca el valle) es conocido entre los aficionados al descenso de aguas bravas por ser uno de los mejores para practicar este deporte (o eso me cuenta Gorka, mi hostelero exkayakista –y ex muchas otras cosas más–). Asomada a Puen Pecadó, veo cómo fluye, salvaje, muchos metros abajo, embutido entre paredes rocosas; y entiendo lo alucinante que tiene que ser la experiencia de surcarlo en kayak.
Varias imágenes de la subida al ibón de Sen.
La subida al ibón de Sen es solitaria. Primero, un poquito de bosque; luego, algo de pista, hasta llegar a los restos del lavadero de las antiguas minas de cobalto; después, subida remontando el torrente; y finalmente, y tras pasar un primer lago, una corta pedrera que aterriza justo en el ibón. Es cansado, no voy a decir que no, pero lo que marca la subida no es el esfuerzo sino los buitres. Al principio solo los veo sobrevolar de lejos; poco después empiezan a ser inquietantes porque los empiezo a ver, más o menos cerca, instalados en salientes rocosos; pero lo que no me esperó de ninguna forma es que, justo cuando estoy deseando descansar, al final de un repecho, mi presencia provoca una auténtica estampida de bestias aladas que pasan rozando mi cabeza. Son gigantes, su sombra me envuelve y el ruido de su planear suena realmente amenazador. Dan miedo. Estoy agotada pero aún así casi que corro cuesta arriba para sobrepasarlos cuanto antes.
Ibón de Sen.
Pasado el susto llega la recompensa: el ibón, la luna. Pequeño, pero no tanto; rodeado en todo su perímetro por piedras y con aguas quietas pero profundas. Hipnótico, mágico, magnético. Al rato de estar allí me doy cuenta de que no estoy sola, también hay un pescador. No le he oído llegar. Aunque el agua invita al baño, la temperatura no. El día está completamente despejado pero a esta altura, 2340 m, hace más fresco que otra cosa. Y claro, cuando empiezo a bajar no me espero el calor. El final de la bajada se hace terrible, sin apenas sombra y con una temperatura que aunque no llegue a mis cuarenta sevillanos, sobrepasa ampliamente los treinta. Y eso, en estas latitudes, es mucho calor. A pesar de ello, me voy fijando en esas peñas tan cercanas a Plan, al sur, y que funcionan como un reloj de sol natural: la Peña de las Diez (a la que subí el otro día), la de las Once y la del Mediodía.
Mi homenaje gastronómico de hoy es en Casa Anita, un hotel precioso con una terraza extraordinaria en San Juan de Plan. No deja de llamarme la atención cómo estos pueblos (Plan, San Juan de Plan y Gistau), y a pesar de su componente turístico indudable, son más vivos y heterogéneos de lo que se podría pensar para zonas tan remotas como estas a las que se llega por una estrecha carretera que muere aquí y que sortea gargantas a base de túneles en piedra viva –estrechos, sin iluminación, arcaicos, pintorescos– por los que una desea no cruzarse con nadie. Antes de los túneles, quedan los otros tres pueblos del valle: Saravillo, el más animado y cercano de todos; Sin, un pequeño pueblo con un gran albergue; y Serveto, enclave elevado de preciosas vistas y donde hace unos días encontré a un grupo de oriundos que me contaron cómo era la vida en el valle (y lo felices que eran) ¿hace 60, 70 años?
¿He dicho que en esta parte de las vacaciones mi objetivo es más turístico-relajado que montañero?
Segundo destino de vacaciones: Plan, en el valle de Chistau, un lugar recóndito situado entre los tres macizos más impresionantes del Pirineo: el de Monte Perdido (o las Tres Sorores), el del Posets (al que se accede directamente desde el valle) y el de la Maladeta (cuyo vértice superior es el Aneto), es decir, rodeado de tresmiles. Gracias a ellos, y a la protección que le brindan frente a los temporales que vienen del Oeste, del Norte y del Este, respectivamente, parece que esta zona tiene un microclima especial.
Vista, valle abajo, desde mi balcón en Casa Ferro, en Plan.
A quienes tenemos una edad, Plan nos suena de las célebres «caravanas de mujeres» que organizaron los solteros del valle entre 1985 y 1990 para atraer a posibles esposas. ¿Algo así como el Tinder de la época? El pueblo, los pueblos de la zona, como consecuencia de una economía ganadera y un sistema que hacía herederos a los primogénitos (hombres), se había despoblado de mujeres que, ante la ausencia de oportunidades, no habían tenido otras opciones que irse a estudiar o trabajar fuera. Un sistema machista que las echa y un recurso casposo que las trae de vuelta. En fin.
Subida al ibón de Plan desde Plan.
Desde aquí hay muchas rutas posibles pero empiezo por la que es, quizá, la más conocida y emblemática, el must de la zona: el ibón de Plan. El que sea tan conocido se debe, supongo, a que es fácil acercarse a él en coche y eso lo hace accesible a la mayoría de la gente, que sube desde Saravillo, al comienzo del valle, hasta quedarse a apenas un paseo del lago. Sin embargo, subir desde Plan no es tan sencillo. El desnivel es de unos 900 m por un camino considerablemente vertical. La subida se hace larga y el bosque parece no acabar nunca a pesar de estar amenizado por algún que otro puente que cruza el torrente. Pero ya casi arriba, el paisaje se transforma. Los árboles se esponjan permitiendo ver toda su altura, la pendiente se suaviza y el suelo se convierte en prado que ¡sorpresa! está plagado de lírios (los «matapollos», como los llaman aquí). Es una auténtica belleza ese final del camino hasta el lago, aunque eso no quite la decepción de encontrar a tanta gente cuando se llega a él. Y la decepción también porque, a pesar de lo mucho que ha llovido este año, a estas alturas de julio el nivel del agua ya empieza a estar algo bajo. No obstante, el paraje es excepcional.
Al fondo, el ibón de Plan.
Descanso y como junto al lago, y me animo a seguir. Aunque en realidad creo que son las vacas las que deciden por mí. Hay montones de ellas que se ponen en marcha casi al mismo tiempo que yo, cual ejército nada silencioso. Sus mugidos son atronadores y su presencia avasalladora, así que decido ir justo en sentido contrario, hacia el collado. Y al final se lo agradezco. Aunque eso suponga subir algo más –unos 300 m–, las vistas del Monte Perdido y su macizo desde allí son excepcionales. Disfruto como una enana y me vuelvo a animar, esta vez a hacer la circular y volver a Plan por el otro lado siguiendo el track que me he descargado esta mañana.
Subida al collado y vistas.
Pero como no hay día de montaña (o casi) sin algún percance, me lío a la bajada siguiendo el track y las paso, digamos, regular. En vez de seguir el GR, cojo un sendero mínimo por una ladera de piedra que me lleva hasta lo alto de la Peña de las Diez. Desde allí hay nuevas vistas espectaculares, esta vez hacia el Posets, pero después, me empeño en bajar por donde no debo. Sin entrar en detalles, lo bueno es que es cuerpo aguanta mejor de lo que pensaba. Llego tarde, pero a tiempo para tomar un tartar de trucha en la Capilleta, uno de los restaurantes de Plan. Delicioso.
Empezar julio es Norte, es montaña, es Pirineo. Aunque ando un poco descolocada porque mi ilusión hubiera sido repetir, diez años después, la travesía completa, y no ha podido ser. La idea era hacerla «de vuelta», es decir, en sentido contrario, de Este a Oeste, del Mediterráneo al Cantábrico, a modo de despedida, de cierre simbólico. Pero no acabo de sentirme ni suficientemente en forma ni con suficientes fuerzas, y el cuerpo no acaba de acompañarme (y vale, sí, esto empieza a ser un clásico, pero qué le vamos a hacer). Así que finalmente el objetivo es, sobre todo, alejarme del calor sevillano sin descartar, ni qué decir tiene, alguna que otra excursión.
Comienzo del camino a Sant Maurici desde el parking.
Y en esas estoy cuando aterrizo en Espot. ¿Cuantos estanys negres, estanys gelats y estanys perduts o amagats hay en Pirineo Catalán? Por muchos que sean (y lo son) hay algo misterioso en cada uno de estos nombres que invita, siempre, a descubrirlos; y siempre que en los últimos años, y rondando por Espot, he pasado junto a cada una de las pistas por las que se inicia el ascenso al Estany Negre de Peguera, me he quedado con las ganas. Hasta ahora. Ya toca.
Y sigo…
Después de barajar las distintas opciones, decido intentar una circular y empiezo a andar desde el parking del Prat de Pierró, donde hay que dejar, sí o sí, el coche. Una posibilidad habría sido coger uno de los taxis que suben a Sant Maurici pero, como casi siempre, prefiero ir andando para disfrutar del camino, del paisaje, del bosque, de las montañas, del suave ascenso por el valle… Y también de la banda sonora del río que lo recorre, el Escrita. Con todo eso, llegar a Sant Maurici se hace corto. Una vez allí toca torcer ligeramente a la izquierda y continuar por el valle de Monestero. Mi deseo es hacer la circular que he visto sobre el mapa y voy con la tranquilidad de saber que todo estará bien señalizado (ventajas de andar en un parque nacional) pero voy sin expectativas. Lo principal, este año, es no pedirle al cuerpo más de lo que pueda dar. No forzarlo.
Orquídeas y margarita junto al lago Monestero.
Y en ese cuidar del cuerpo, este año casi cambio la cita pirenaica por una especie de reseteo corporal. Un intensivo de quince días practicando una de esas técnicas que cuando te las cuentan te suenan a milonga pero que cuando las pruebas –y aunque no podrías decir si es casualidad o hipnosis (porque no acabas de asimilar que sea ciencia)– constatas que funcionan. La técnica en cuestión es el Método Feldenkrais y busca desarrollar la conciencia corporal a base de repeticiones lentas de movimientos mínimos. Una paranoia de lo más efectiva. Pero tampoco pudo ser. El curso se suspendió. ¿El destino, a pesar de todo, no quería que abandonara este año la montaña? Posiblemente.
Caminando junto al lago Monestero. Al fondo, el Peguera.
A lo largo del valle de Monestero, el camino se va volviendo más estrecho y empinado, pero sigue siendo lo suficientemente amable como para poder disfrutarlo. Mientras subo, recorro con la vista las montañas que me rodean: a la izquierda han quedado Els Encantats; a la derecha, Sobremonestero; y al fondo se va intuyendo el Peguera. Y pienso en cómo los años me han cambiado la forma de mirar la montaña. Al principio la atención parecía andar siempre abstraída en las pequeñas cosas que se encontraban a lo largo del camino: las flores, los helechos, el musgo abrigando (y abigarrando) las piedras en esos bosques encantados que son todos los de por aquí… De hecho, las fotos de esos primeros años son una colección de preciosos detalles, casi, casi se diría que forman un catálogo floral. ¿No es eso la mirada dirigiéndose, preferentemente, hacia abajo?
Mirando hacia atrás: Estany de Monestero. Al fondo, Els Encantats.
¿En qué momento cambió? ¿En qué momento empecé a mirar hacia arriba y a caminar permanentemente sobrecogida no solo por la belleza de lo pequeño sino por la majestuosidad del entorno? Al pensarlo no puedo evitar asociar este cambio a lo que me ha ocurrido en las pocas clases de Feldenkrais que ha dado hasta ahora. En ellas también se empieza por la atención a lo mínimo, a lo pequeño, a la sensación minúscula, para terminar, paradójica ¿y milagrosamente? con el cuerpo más ligero, la posición más erguida, ¡y la vista más elevada! Empezar mirando adentro para terminar mejorando la visión del afuera. Comenzar por lo pequeño y llegar, naturalmente, a lo grande. Aprender a ver, elevar la mirada, integrar lo pequeño con lo grande, la flor con la montaña, la autoconciencia corporal con el movimiento… Y el cuerpo con esta naturaleza que nunca acaba.
Y la cosa se empieza a poner un poco más complicada…
Para llegar al lago Monestero hay que sobrepasar un primer tramo de piedra, una tartera que, aunque es corta y sencilla, ya anticipa lo que se avecina porque, una vez sobrepasado el lago, el valle se acaba y toca subir sus laderas empinadas. Para coger fuerzas, me quedo un rato mirando el agua, hipnotizada por su increíble color turquesa, y vuelvo a plantearme si seguir o dar la vuelta. ¿A quién quiero engañar? ¿Volver?… Para eso siempre estoy a tiempo, ¿no? Así que inicio, ahora sí, el verdadero ascenso, aunque ya lleve hechos unos 600 m de desnivel. Y sigo. Y 300 m más arriba, cuando el camino se bifurca, toca decidir de nuevo. ¿Por qué collado seguir? ¿El de Monestero o el de Peguera? No hay mucha diferencia de altura entre ellos (ambos rondan los 2700 m) pero la bajada es más corta por el primero, así que elijo ese.
Toca elegir collado: ¿Monestero o Peguera?
Y poco después, cuando la tartera arrecia, recuerdo que no he puesto el GPS y que, por mucho que el camino esté indicado, si tengo que volver, no vendrá mal saber exactamente por dónde hacerlo. Empiezo a grabar aquí. Los últimos metros hasta el collado me recuerdan la subida al Carlit por la cara oeste. Por la verticalidad y por la grava fina de un suelo que se desmorona con cada paso, impidiendo el avance. Son subidas épicas, parecen imposibles, pero se consiguen. Mientras progreso lenta y penosamente, y ya aceptando que el volver por el mismo camino no es una opción, ruego que al otro lado la cosa sea diferente. Y lo es. ¡Gracias Diosa!
El collado, con el Monestero a un lado y el Peguera al otro, ambos a poco más de 100 m de altura sobre lo ya hecho, y por tanto cercanos y accesibles, es impresionante. Pero no me quedo mucho. Hay nubes negras al sureste y no me fío nunca, en montaña, de lo que puedan hacer. Y aun así, la bajada es un placer. El camino es amable y mullido y discurre serpenteando los lagos de Peguera. Indudablemente son hermosos pero… nada que ver con el que es mi destino: el Estany Negre. Rodeado de paredes de roca, sus aguas son oscuras, sí, pero limpias y transparentes… Un espectáculo. Como también lo es la vista, desde arriba y a lo lejos, del Refugi de J. M. Blanc junto a los lagos Trullo y Tort de Peguera. ¿Esto es España o es Suiza?
Estany Negre y Estany Trullo.
A partir de aquí ya todo es bajar por la pista por la que, aunque parezca increíble, se accede con Jeep al refugio. El primer tramo se hace pesado por su suelo empedrado. El segundo, por lo largo. Entre ambos, las vistas son impresionantes y paro varias veces para contemplar, a lo lejos, la cadena montañosa que se dibuja al otro lado del valle. Y me veo repasando, como si de una letanía se tratara, los nombres de cada una de sus puntas: desde el Mont-Roig, a la izquierda, a la Pica d’Estats a la derecha. Es así como las he aprendido, a base de escuchar nombrarlas una y otra vez a lo largo de los años, en un proceso plenamente oral que, como tal (y ahora me doy cuenta) viene acompañado de una carga emocional muy diferente a cualquier otra forma de aprendizaje. La oralidad nos vincula a la persona de quien procede el mensaje al tiempo que supone una responsabilidad: la de convertirse, una misma, en la portadora de este ya que, de otra forma, y puesto que las vidas y las memorias son finitas, se extinguiría. Me emociono al pensarlo y eso me hace mirar el horizonte de una forma diferente –desconocida, agradecida– y decido asumir, conscientemente, esa nueva responsabilidad.
Ya bajando, al otro lado del valle, la carena que va desde el Montroig a la Pica d’Estats.
Cuando acabo, agotada, no puedo saber cuántos kilómetros he hecho –más de veinte, seguro– pero lo que sí sé es el desnivel de la etapa: 1700 m. Una barbaridad. Contenta.
El día que nació Alegría, el 12 de julio de 1997, fue mi primera vez en Cabo de Gata. Llegué en coche desde Málaga con una pareja de amigos que en esa época de mi vida lo eran todo, pero cuya amistad se truncó inexorablemente poco después. Dormimos en un hotel en medio de la nada, junto a la playa, y solo recuerdo el viento y la sensación que me quedó de que este era un lugar inhóspito. Aun así, compré un montón de postales en blanco y negro de plantas solitarias, extrañas, retorcidas… bellísimas, que todavía conservo.
Playa de Aguamarga, al atardecer
La segunda vez, fue diez años después, con Diana, la madre de Alegría. Juntas compartimos viaje iniciático en un mes de agosto de mar bravo en el que celebramos nuestra vuelta a la soltería. De su mano, entre anécdotas, confidencias, comidas y risas, muchas risas, conocí los senderos y los paisajes que ahora recorro cada año. Y aquí empezó el cosquilleo que luego se convertiría, en las navidades del año del Covid –por obra y gracia de las restricciones a la movilidad, y también por lo que ya se anunciaba como comienzo de un nuevo desamor– en rendición total por la magia de este lugar.
Playa de los Escullos
Cabo de Gata son playas. Es paisaje volcánico y desértico. Son calas y senderos y colinas y viento y polvo y formas caprichosas. Es la cerámica de Níjar. Son ruinas. Son restos de madera o plástico que aparecen en las calas, todas diferentes: de arena clara u oscura; de piedras grandes o pequeñas, lisas, rasposas, imposibles… Y son ropas y zapatos sueltos entre los matorrales. Pero también son gatos y pueblos con idiosincrasias propias: San José, el más grande y variado pero aun así rural. Las Negras, más «hippioso», más alternativo. Aguamarga, a veces un pueblo fantasma y a veces atestado de ruido. Y Rodalquilar, el pueblo más guiri del Parque cuyo slogan, pintado en las ruinas de las casas de los antiguos mineros, «enjoy the silence», invita a la introspección.
Ruinas del Cortijo del Fraile
Aquí, a un par de kilómetros del mar, en la falda del Cerro del Cinto, todas las casas son blancas, bajas, cúbicas… ninguna concesión a lo ornamental en la arquitectura salvo los lienzos que reproducen fotografías y cuadros de artistas locales pegados a las fachadas. Salvo las flores de pita secas y teñidas de tonos azules. Salvo las buganvillas… y los girasoles de Ulli Butz.
Una de las tiendas de Rodalquilar, con los inevitables girasoles de Ulli Butz
En la calle principal de Rodalquilar hay dos tiendas, una frente a la otra, ambas regentadas por extranjeros y ambas exquisitas. La dueña de una tiene un perro. El dueño de la otra tiene dos gatos, dos de tantos de los que se mueven por aquí. En Rodalquilar vive la familia de Verónica, mi casera, hija de madre brasileña y padre rodalquilareño y casada con un alemán. Su hijo lleva el Samambar, en la plaza del pueblo. Y en Rodalquilar vi por primera vez las indalinas y los girasoles de hierro de Ulli Butz. La indalina la encontré en los apartamentos de Verónica. Ella me dijo donde comprarla y desde entonces está junto a mi cama. Los girasoles… A poco que una pasea por estos pueblos repara en ellos. Altos, esbeltos, adosados siempre a muros blancos. A veces aparecen cuando se dobla una esquina. A veces, junto a una puerta. A veces, simplemente, están ahí. Lo que no imaginaba era hasta qué punto estaban relacionados la una y los otros.
Mi indalina, en su rinconcito, junto a una de las muchas fotos de árboles retorcidos que tengo del Parque y el un precioso grabado regalo de mi último cumpleaños.
Hace dos años conocí al escultor, el artesano alemán que se instaló por aquí y comenzó a hacer obras con materiales reciclados. Fue él quien me contó que el cuerpo triangular de la indalina procede de los restos de metal sobrantes de los girasoles. Un sobrante cuya forma también le inspiró para crear los arbolitos de navidad con los que he regado las casas de mis amigas. Este año ya no hay indalinas a la venta. El no verlas me hizo sospechar. Ulli enfermó el año pasado y ya no puede seguir fabricándolas. Ya no habrá tampoco girasoles nuevos en nuevas fachadas. Y ya no habrá más árboles de navidad que regalar. Aun así, la huella del escultor ya es indeleble y sus piezas icónicas. Sus girasoles, esos que permanecen en cada rincón de cada pueblo del Parque, seguirán hablando de él, y su indalina seguirá guardando mis sueños.
Alegría hoy es una joven extraordinaria de 27 años y su madre y yo seguimos conservando la amistad y el amor por estas tierras.
Seguimos con las tradiciones pero no, porque este año el baño inagural no lo he hecho el 1 de enero sino el 2. Y no lo he hecho en el Playazo sino en los Escullos. Pequeñas diferencias sin importancia porque lo importante, como siempre, es la sensación. De libertad, de limpieza, de plenitud, de agradecimiento, de esperanza…
El día uno, ayer, me levanté temprano. Quería ver, una vez más, amanecer. Subí de nuevo a la Torre de los Lobos y me senté mirando al mar. Había nubes en el horizonte. Hacía frío. Hacía viento. Metí las manos en los bolsillos del plumas, me subí la capucha y esperé, sentada, el milagro del día a pesar de saber que no sería el mejor de los amaneceres. Lo que no esperaba es tener interrupciones pero estas son las sorpresas de la vida. Una cosa son las expectativas y otra la realidad. ¿Hola? Una voz me sacó del ensimismamiento y ya no paró hasta que el día quedó, definitivamente, inaugurado. Lo bueno es que ni siquiera me molestó, solo me produjo curiosidad.
0!/01/2025-Amanece en la Torre de los Lobos
La voz era la de Javier, cacereño, profe de educación física y hablador, muy hablador. ¿Se puede conocer la vida de alguien en 15 minutos? No sé. Pero sé que la madre de Javier murió el año pasado, que él quiere que sus cenizas las tiren justo aquí cuando muera, que lleva 27 años con su mujer y que es padrastro y abuelastro de una niña que ha criado como a su hija. ¡Disfrutemos el momento!, decía mientras me pedía que le hiciera una foto y me contaba sus cosas. Curiosa forma de disfrutar el momento, pensaba yo. Un año nuevo, desde luego, diferente. El resto del día fue poco memorable. Mal tiempo, mucho viento, pocas ganas de hacer nada, paseo al Playazo por si acaso, vuelta y… ¡la luna!
El Playazo en la tarde de Año Nuevo
A punto de entrar en la Posidonia la veo. Apenas una estrechísima línea curva encima de la montaña. Preciosa, increíble, mágica. Una luna que sé que significa cambios. A mejor. Y hoy, día 2 de enero el tiempo es fantástico, estreno la manga corta e inauguro formalmente el año paseando las playas entre la Isleta del Moro y los Escullos, por un sendero que todavía no había hecho, hasta encontrar el sitio perfecto para zambullirme. El viento ha parado y lo poco que sopla ya no viene del Norte sino del Sur. ¿Gente? En las playas, muy poca. Bañándose, apenas tres personas, yo incluida. El mar sigue algo movido y el agua está fría. Da lo mismo. El nuevo año lo merece.
02/01/2025-Entre la Isleta del Moro y los Escullos
Cada año, desde hace cinco, repito ritual navideño. Llegar a mediodía, comer en la Plaza del Tenis, saludar a Verónica, soltar los bártulos donde sea que esta vez haya decidido alojarme y, a eso de las cinco, comenzar el ascenso a la Punta de la Polacra para poder ver, desde allí, la puesta de sol. Dependiendo de cómo se haya dado el día hago parte en coche o lo hago todo andando, pero siempre me sorprende lo mismo: el silencio. El paisaje semidesértico que me rodea parece tragarse cualquier intento de perturbación sonora por muy leve que esta sea. No hay nadie, no hay viento, ningún pueblo ni casa suficientemente cerca. El mar tampoco se escucha ya que, de momento, queda al otro lado de la loma.
Esperando la comida en el Lebeche.
Este año el romero no está en flor y eso hace que me fije más en las matas de esparto, los palmitos, el tomillo… y toda la variedad de verdes casi indistinguibles que me rodea. La ginestera sí conserva, al menos, parte de su amarillo y entre las jaras, asoma alguna flor solitaria. Pero por encima de ello, de nuevo, el silencio. Paradójicamente, el oído se impone a la vista.
Jara
Cuando fuera no se oye nada, el pensamiento se escucha mejor. Últimamente anda un poco ofuscado. El pasado ya no duele. Las dudas se desvanecieron. Los anzuelos se ven desde lejos y me sorprendo interactuando con una tranquilidad que antes era impensable en según qué contextos. ¿Será por eso?¿Porque ya no hay nada que superar, ni necesidad de luchar, ni de comprender, ni de curar?¿Será porque parece que todo está bien y empieza a haber sitio para la ilusión, por lo que esta se obstina en esconderse? Será. Y en este, el que es, posiblemente, el mejor momento de mi vida, me enfrento de nuevo a mi mente y a la nueva baza que ha decidido jugar: incordiar con el futuro y pintarlo de negro.
Antes de Navidad, el último día de clase de Coaching, estuvimos hablando de comunicación, de asertividad y de la importancia de expresar nuestras querencias y nuestros deseos. Si yo no decido lo que quiero, no lo expreso y no hago por conseguirlo, alguien o algo decidirá por mí. Siento que es eso lo que ha ocurrido con mi idea del futuro. De alguna forma, he dejado que mi imaginario se construyera no ya en torno a alguien (que también) y al futuro que ese alguien había construido para sí mismo y en cual yo creía que tenía cabida; sino en torno a la idea inconscientemente asumida pero tranquilizadora de un futuro con alguien y para alguien.
El “con” es social; ya que la sociedad sigue transmitiendo que la única felicidad es la pareja. El “para” es género; porque parte imprescindible del software que se me instaló al nacer mujer fue que mi vida estaba al servicio de otro o, como diría Rousseau, que su sentido sería agradar a un hombre. ¿Es Rousseau entonces quien ha decidido mi construcción de futuro? Mucho me temo que, al menos en parte, sí (y no solo de futuro).
Un cuervo me sobrevuela. El batir de sus alas produce uno de los dos únicos sonidos que escucharé en todo el camino. Sé que toca una nueva toma de conciencia. ¿Por qué no empezar dándole una patada a Rousseau y recordándome a mí misma que la felicidad no es una fórmula sino que se construye día a día? El presente no puede ser más gozoso. ¿No es entonces un absurdo irracional pensar en que el futuro no pueda a serlo? Lo es.
El otro único sonido que se escucha, llegada ya a una cierta altura, es el mar.